Prueba de prensa

Arnalusiana se encontraba en la más absoluta oscuridad. Anduvo sin rumbo hasta que se topó con una superficie dura y fría. Un muro. Palpó con las manos y, siguiendo la dirección de la piedra pulida, caminó a ciegas. No parecía tener final. Sintió el tacto rugoso de un relieve y retiró la mano sobresaltada. Su corazón se aceleró. Volvió a poner la mano en el muro y siguió los dibujos que describía el relieve con la yema de los dedos. Se dejó llevar por los suaves cambios de alturas, los huecos y bruscos cambios de dirección. De alguna parte que no pudo identificar, una luz comenzó a iluminar solo unos metros a su alrededor. La luz era tenue, pero si miraba directamente, la deslumbraba y no podía ver nada. Se frotó los ojos y miró a la superficie que había estado tocando. Era un muro de mármol blanco, los dibujos en relieve sobresalían enmarcando un óvalo que comenzó a oscurecerse hasta que se volvió negro. Arna dio unos pasos hacia atrás asustada. Aquel óvalo debía medir al menos veinte veces su altura. Algo dentro parecía moverse, haciendo que las vetas del mármol serpentearan. De súbito, unos ojos rojos enormes se abrieron mirándola fijamente y Arna gritó con fuerza.

Se incorporó en el lecho y continuó gritando hasta darse cuenta de que solo fue una pesadilla. Poco a poco volvió a ser consciente de sí misma y su entorno. Estaba empapada en sudor frío y temblaba de forma descontrolada. Sentía que el corazón iba a salirse del pecho. Se llevó las manos al esternón y apretó con fuerza, arrugando la toga blanca que la envolvía. Las articulaciones no respondían bien. Desde los dedos de los pies subía un hormigueo por las piernas hasta el vientre provocándola nauseas. Jadeante, se dejó caer en el lecho y permitió que el miedo saliera de ella a través del llanto. Cuando se calmó, se quedó boca arriba con los ojos cerrados. Su melena roja, estaba húmeda por el sudor y los rizos enmarañados, con varios mechones cruzando su rostro. Se concentró en su respiración sintiendo aún cómo latía su corazón, fuerte, contra sus manos. En pocos segundos recuperó el calor en el cuerpo, su piel volvió a sonrojarse y las pecas inundaron de nuevo su rostro. Era por la tarde. El sol se colaba fugaz entre las cortinas de paja que tapaban el ventanuco y la entrada de la estancia. Estaba en la habitación de la Casita blanca. Era pequeña, de paredes de piedra pintadas de blanco, diáfana sin más que unos colchones finos de algodón trenzado sobre unas coloridas alfombras con patrones geométricos en el suelo. Notaba la calidez de la suave brisa que enfriaba los surcos de las lágrimas y el sudor. El dulce aroma a flores invitaba a la relajación.

—Nada como estar en casa —se dijo llenando los pulmones de aire, paladeando su perfume.

No era la primera pesadilla que tenía. Apenas podía dormir y arrastraba cansancio de muchos meses. Casi siempre estaba de mal humor, había perdido el apetito y se sentía débil y torpe. Todo comenzó cuando llegó un mensajero con una carta de su abuelo para su padre, diciéndole que debía regresar de inmediato a Ientó, por asuntos importantes. Shaak, su padre, no quiso llevarla a ella, ni a su madre tampoco, y las dejó en Sinamutt con la promesa de regresar enseguida, pero de aquello hacía más de siete meses. Las pesadillas eran cada vez más frecuentes, hasta el punto de temer la hora de dormir. No recordaba nunca ningún detalle, pero fuera lo que fuese, no era bueno y agradecía no acordarse. A lo lejos, escuchó la voz de Mayusamisa llamándola. Arna hizo un gesto de hastío. No tenía ninguna gana de responder ni levantarse. Escuchó como los pasos de Mayusa entraban en la casita blanca y la encontraba tumbada en el colchón de algodón.

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